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Pese a la distancia, la guerra civil en Libia afecta a todo el mundo como espejo del choque de cosmovisiones históricas entre Oriente y Occidente

19 julio, 2020
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Miguel Cabrera.

Si alguna lección puede extraerse del actual conflicto en Libia es la permanencia de los fundamentos ideológicos a lo largo de los grandes ciclos históricos. Confieso que ante el fenómeno de la guerra civil que actualmente se desata en ese país africano tuve que adentrarme en los laberintos del tiempo. Sólo de esa manera es posible siquiera hacer un auténtico análisis, es decir, al observar la panorámica general en perspectiva. Debo externar, por otra parte, que durante más de diez años he procurado los temas relativos a las filosofías de Medio Oriente, lo que equivale a afirmar una especie de predestinación relativa a esa geopolítica que se desarrolla tan lejos y tan cerca porque todo acontecimiento político y social es también uno mental e individual, de la misma manera en que la interacción entre individuos forma un acontecimiento político conocido como sujeto-colectivo.

Con el pretexto de la lucha por los recursos naturales, en resumidas cuentas, el conflicto en Libia (el país africano con las mayores reservas de petróleo del continente) que se despliega ante nosotros podría referirse como una continuación del combativo espíritu islámico del imperio otomano, encabezado no por el sultán Mehmet II conquistador de Constantinopla (hoy Estambul, importante ciudad de Turquía) en 1453 sino por el presidente neo-otomano Recep Erdogan, quien hace unos días devolvió a los feligreses musulmanes la icónica ex-catedral y ex-museo Santa Sofía como mezquita activa, quizás a cambio de votos, pero también como resignificación de una realidad política mucho más profunda. ¿Estamos de esa manera ante el renacimiento de los antiguos aires bélicos otomanos previos a la secularización pregonada por Ataturk, el padre de la Turquía moderna?

Se imbrican de ese modo historia, religión, la lucha encarnizada por recursos naturales y lo que parece un inevitable choque de civilizaciones y cosmovisiones que hacen peligrar a muchas vidas humanas pero también a la salud mental y cordura de lo que queda de Occidente, una vez que ya se habla abiertamente de la posmodernidad como equivalente de una época decadentista al menos en lo general. Nota intertextual: Otro gallo canta en México, el crisol de crisoles, cuya inextinguible creatividad no dejará de manifestarse a favor de la paz y reconciliación de los pueblos a través del diálogo, curiosa ironía que hace gravitar al antiguo concepto del logos griego que apelaba a la cordura y al arte de la negociación, sí, pero ahora trasvasado en tierras mexicanas, en el momento en que Europa misma se debate entre su identidad tradicional y el progresismo globalizador al que fue sometido después de la Segunda Guerra Mundial. A final de cuentas a la humanidad se nos ha impuesto una rúbrica colonizadora de consumo ante la cual la soberanía cultural hace un llamado emancipador.

El otro actor preponderante en el conflicto es Rusia, principal potencia militar del mundo con su arsenal de armas hipersónicas según Andrei Martyanov y que parece más bien asumir el rol de jugar a la defensiva o selectiva ofensiva con armas convencionales según resulte más útil. No es ningún secreto que Putin es católico del rito de la iglesia ortodoxa oriental, cuya principal característica es tal vez la adherencia a los evangelios en el griego original, lo que hace toda la diferencia cuando se requiere hacer hermenéutica teológica. A diferencia del extinto de facto imperio romano católico vigorizado en gran medida por Constantino en el siglo IV y Carlomagno en el siglo IX que tradujo al latín y luego a las lenguas vernáculas los textos bíblicos, la iglesia oriental concede una importancia suprahistórica a las enseñanzas de la patrística medieval, conjunto de meditaciones teológicas de alto vuelo filosófico, muy complejas para resumir aquí, todas ellas escritas en griego bizantino medieval, así como al orden monástico y sacralidad coral sempiternas, sin ningún tipo de innovación interpretativa modernista, lo que le confiere un estatuto de psicologismo vital y latente, muy semejante al conservadurismo del mundo islámico, cuyo libro sagrado el Corán representa para los musulmanes una auténtica summa theologica, sinónimo de perfección monoteísta una vez que se han depurado de todo error interpretativo al judaísmo como a la cristiandad.

Al considerar estos actores ideológicos es posible hablar de una verdadera batalla de las ideas o noomaquia, cuya centralidad puede llegar a pasar desapercibida en el maelstrom o temblor marítimo de noticias desinformadoras en la época de la posverdad que fagocitan y engullen en sus olas toda posible realidad congruente como si se tratáse de un kraken, antigua bestia mitológica del mar devoradora de humanos, aunque también de la verdad, permítaseme añadir. En este punto ya es posible comenzar a distribuir en una retícula de análisis cada acontecimiento desde la retirada de los otomanos por el avance de los italianos en Trípoli hacia 1911 como de la definitiva independencia de estos últimos y la consolidación del país africano como nación independiente en 1951, a la que le seguiría el establecimiento por Muamar el Gadafi de un socialismo de corte islámico conocido como al-Jamahiriya, de la que él sería su dirigente máximo hasta la intervención militar de Estados Unidos en 2011 por el mandato de Barack Obama, quien apoyándose en la doctrina Rumsfeld/Cebrowski, a decir de Thierry Meissan, logró implantar en la alta dirigencia del país a facciones opuestas con el propósito de generar un estado en permanente conflicto, a saber, la reanimación de la enemistad previa a 1951 entre Tripolitania y Cyrenaica, o entre Trípoli y Benghazi, respectivamente. Recordemos que el error de Gadafi consistió en pretender independizarse del sistema del petrodólar vendiendo el cotizado recurso energético en euros.

El especialista holandés en temas de energía, políticas públicas y energía Vanand Meliksetian refiere en un artículo para el portal OilPrice la importancia en años recientes del descubrimiento de grandes yacimientos de gas en el Mediterráneo (aproximadamente 122 millones de millones de pies cúbicos o “trillions”, en inglés) que le han conferido preponderancia estratégica a Egipto con el campo Zohr o a Israel con el campo Leviatán. Comenta que Turquía no iba a quedarse con los brazos cruzados observando a sus adversarios hacerse de los cotizados recursos por lo que había que iniciar una campaña de extracción en ese mar. Discute de manera tangencial los roces diplomáticos con Grecia en su lucha por hacerse históricamente de las islas de Chipre y Creta, y cita a Harry Tzimitras —director del Instituto de Investigación para la Paz Oslo, fundado por el influyente investigador Johan Galtung con sede en Noruega— para quien “lo que Turquía hace en el Mediterráneo nunca se trató de energéticos sino que se trata de una proyección de poder. Las perforaciones turcas en la región prueban que tiene que ver muy poco con energéticos”.

De esa manera el tema de la extracción de los recursos naturales se vuelve la coartada perfecta para legitimar su presencia en el estratégico Mar Mediterráneo y para prolongar sus tentáculos de influencia otomana hasta Libia, donde Erdogan apoya el gobierno reconocido por la comunidad internacional con sede en Trípoli frente al mariscal Haftar, respaldado tanto por la Cámara de Representantes asentada en Tobruk, muy cerca de la frontera con Egipto como por Vladimir Putin, principalmente.  

Libia, antigua colonia fenicia, griega y romana es un país con casi siete millones de habitantes de aplastante mayoría islámico-sunita comparte una importante frontera con Egipto de 1,115 km. y es un importante lugar de paso de los migrantes que huyen de la violencia desatada en la región del Sahel por los grupos terroristas con destino a Europa, lo que también es una variable adicional por la cual Erdogan se interesaría en su dominio.

Por su parte, Suzan Fraser de ABC News comenta que Grecia, Chipre, Egipto, Francia y los Emiratos Árabes Unidos fueron severamente acusados por Turquía de formar un “eje del mal” ante la declaración conjunta de estos países en que critican seriamente la presencia turca en el Mediterráneo oriental y en Libia. Para nosotros es importante resaltar junto con Fraser la firma de un acuerdo de 2019 celebrado entre Turquía y el gobierno reconocido de Libia con sede en Trípoli que concede a Erdogan el derecho de frontera marítima y una Zona Económica Exclusiva (ZEE) que actualmente ocupa con sus exploraciones de gas, así como la anuencia para ayudar militarmente al país africano, ayuda que ha dado grandes dividendos geopolíticos de la mano del ejército de drones turcos que prácticamente abrasó y derritió este año las defensas terrestres de manufactura rusa del Ejército Nacional Libio (LNA por sus siglas en inglés) el cual comenzó la campaña dirigida por Haftar con el objetivo de capturar Trípolis definitivamente.

Turquía reclama el espacio marítimo entre Creta (isla a la izquierda) y Chipre (ubicada a la derecha).

También es importante poner sobre la mesa las escaramuzas entre Grecia y Turquía por el control de Chipre, importante isla que en 1974 fue dividida cuando los turcos la invadieron para evitar que cayera por completo en la esfera de influencia griega.

James M Dorsey, especialista en conflictos religiosos y terrorismo del portal de la India Wion News maneja una hipótesis interesante que consiste en dimensionar la guerra civil libia como la prolongación de la guerra en Siria que ha confrontado a Turquía y Rusia, lo que habría acercado al mandatario sirio Bashar al-Assad con el mariscal Haftar, y que a mi juicio nos revela un poco de las profunidades psicológicas del presidente turco que administra la guerra neo-otomana en dos frentes… ¡al mismo tiempo! No olvidemos que Turquía es el segundo ejército más poderoso de la OTAN, tan sólo superado por el de Estados Unidos.

Para el analista, la presencia de energéticos en el Mediterráneo representa una oportunidad para Europa que podría liberarse de la dependencia del gas ruso que representa hasta un 40% de sus importaciones gaseras, lo que implica para el viejo continente el refrendo por la defensa de los valores liberales occidentales ante algo que bien podría definirse como un nuevo excepcionalismo ruso que reaviva el espíritu de Pedro el Grande del siglo XVIII y de alguna manera la idea de Rusia como tercera Roma, después de la segunda, cuya capital fue ni más ni menos que Bizancio, áurea sede del Imperio Romano Oriental, transformada en Constantinopla y nuevamente rebautizada modernamente como… Estambul. Nota intertextual: es la primera vez que en una columna mezclo los temas de geopolítica con los del arte pero no quería dejar pasar la oportunidad de recomendar seriamente la genial “Sinfonía Estambul” presentada a manera de obra cinemática en siete movimientos, compuesta por el más que brillante pianista turco Fazil Say, que habla perfecto alemán, y a quien tuve la oportunidad de escuchar en una presentación en la Sala Nezahualcóyotl hace una década, más o menos.

Por otra parte, Dorsey cita Dmitri Trenin, director del Centro Carnegie Moscú, para quien “…el Mar Mediterráneo Oriental emerge como un área donde Rusia compite nuevamente con Occidente”, lo que termina de esbozar finalmente las dimensiones más generales y subrepticiamente vectoriales de un conflicto diacrónico en el terreno espacial como en el atemporal de las ideas. De hecho, el acuerdo suscrito entre Estambul y Trípoli, comenta, podría interrumpir el camino de una ruta de gasoductos planeada entre la Unión Europa con Israel y Chipre.

De esa manera, para Benoit Faucon e Ian Talley, corresponsales del Wall Street Journal, no resulta sopresivo que el gobierno de Estados Unidos investigue a Haftar de presuntos vínculos con Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, e Irán a quienes el mariscal les pudo haber ofrecido un intercambio de petróleo por gasolina con el fin de lograr financiar su campaña militar contra Trípoli. Citan a Fathi Bashagha, ministro del interior del Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA por sus siglas en inglés) presidido por Fayez al-Sarraj, para quien las ventas de petróleo de Haftar —como el reciente intento frustrado a través del bajel Jal Laxmi proveniente de los Emiratos Árabes Unidos que pensaba cargar el oro negro en el puerto de Tobruk— pueden facilitar el camino a Rusia a establecer una esfera de control mediterránea de la misma manera en que lograron consolidar su presencia en Siria. “Haftar quiere vender petróleo libio. Necesita el dinero para pagar a la empresa Wagner [de mercenarios rusos]”, lo que explica, por otra parte, los más recientes saboteos a las exportaciones de la Corporación Nacional de Petróleo (NOC por sus siglas en ingles) por parte del ENL.  

El mariscal Haftar controla gran parte del país (en azul) y controla varios pozos petroleros con el LNA o Ejército Nacional Libio.

Con toda esta información, entonces, y arribando a un punto nodal es posible adelantar aquí una hipótesis: ¿La confrontación indirecta entre Rusia y Turquía en territorio libio podría corresponder al intento estratégico de conquistar Europa a través del dominio del Mar Mediterráneo quizás con el fin de hacer disminuir la importancia de la extensión prodigiosa de la Nueva Ruta de la Seda promovida por China cuya influencia se extiende a través de toda Eurasia, el Ártico y el Mar Pacífico-Índico hasta la Unión Europea?

De ser así Estados Unidos se vería beneficiado e incluso podría llegar a acercar en un nuevo triángulo de alianzas a Estambul con Beijing. Recordemos que el país otomano goza de óptimas relaciones diplomáticas con Pakistán y éste último con China gracias a su inconmensurable y estratégico corredor comercial, lo que podría tener como consecuencia un acercamiento entre la India con Rusia para equilibrar y recalibrar esa nueva y posible alianza.

Resulta significativo que en semanas recientes la teocracia de los ayatolás persas se decantasen por apoyar a Turquía en su cruzada libia por lo que en un ejercicio experimental de especulación podríamos pensar que ello pondría al país iranio en mayor tensión con Siria y Rusia, y por lo tanto con la India, lo que llegaría a comprometer, en esa causalidad, a Pakistán, y beneficiar a Estados Unidos e Israel. En esa hipotética variante, pues, China tendría que procurar mucho más su alianza con Irán, ya que Teherán es uno de los puntos claves en la expansión comercial euroasiática del gigante chino, quizás comprando más petróleo persa o amagando con dejar de comprarlo.

Como se observa, muchos pueden ser los escenarios que encausen a los acontecimientos. Lo que en definitiva no parece una especulación es la importancia estratégica por hacerse con el control del Mar Mediterráneo. ¿Podríamos pensar diferente como para relativizar la importancia de esta región rubricada de civilizaciones? Dejemos que esa respuesta la otorgue el historiador Fernand Braudel quien en su reconocido libro El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II nos aclara su interconectividad desde la geografía válida no solamente para el siglo XVI sino para el XXI y que recuerda un poco el moderno concepto geopolítico de “Gran Oriente Medio” de Andrew Bacevich:

“También la geografía puede, como la historia, dar respuesta a muchas interrogantes. Y en nuestro caso, nos ayuda a descubrir el movimiento casi imperceeptible de la historia, a condición, naturalmente, de que estemos abiertos a sus lecciones y aceptemos sus divisiones y categorías.

El Mediterráneo presenta por lo menos dos rostros. Está compuesto, en primer lugar, de una serie de penínsulas compactas y montañosas, interrumpidas por llanuras esenciales: Italia, la península de los Balcanes, el Asia Menor, el África del Norte y la península Ibérica. En segundo lugar, el mar insinúa, entre estos continentes en miniatura, sus vastos espacios, complicados y fragmentados, pues el Mediterráneo, más que una entidad singular, es un complejo de mares. […] Por su parte sur el Mediterráneo está muy poco separado del inmenso desierto que se extiende sin pausa del Sahara atlántico al desierto de Gobi, hasta las mismas puertas de Pekín [Beijing]. Del sur de Túnez al sur de Siria el desierto se asoma directamente al mar. Más que un vecino, es un huésped, molesto algunas veces y exigente siempre. El desierto es, pues, uno de los rostros que ofrece el Mediterráneo.

Por su parte norte el Mediterráneo se encuentra con Europa. Esta recibe de él múltiples influencias y, recíprocamente, le afecta con otras igualmente numerosas y a veces decisivas. La Europa del Norte, ese mundo más allá de los olivares, es una realidad con cuya presencia constante cuenta la historia del Mediterráneo. Y el auge de Europa, vinculada al Atlántico, será el elemento que decidirá el destino del mar Interior en los años finales del siglo XVI.”

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