Politiburó Digital

Un grito sordo en tiempos de pandemia

19 abril, 2020
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Lilo González


Hacía mucho tiempo que no se vivía una situación como esta. La fecha más cercana (y la única registrada en mis años de vida) me lleva a un lejano 2009, en el que siendo una adolescente en completo grito de rebeldía se me indicó que no podía salir de casa pues había un enemigo silencioso en el aire: el virus del H1N1. Todo ese verano se vivió un clima de miedo, de exceso de higiene, de teorías obscuras, de histeria colectiva y de fiestas clandestinas. A esa edad y en ese momento mi atención se enfocó en ese enemigo diminuto que se nos había mostrado amenazante; un microscópico homicida que se llevaría entre sus minúsculas patitas la vida de más de 18 449 muertos (cifra oficial) a nivel mundial. Delante de todo este circo de manifestaciones entorno al virus H1N1 no había un tema que pudiera resaltar o llamar la atención.

¿Por qué habría de ser tomado en consideración un tema silencioso y milenario como el de la violencia hacia las mujeres? ¿Qué importancia hubiera tenido hacerlo?

Tal vez en ese momento no lo entendía, pero ahora mi mente está clara. Sabemos que la violencia hacia las mujeres es un tema que ha sido minimizado y nulificado, a pesar de aumentar constantemente; que las sociedades cimentadas en sistemas patriarcales —que literalmente significa «gobierno de los padres», sin embargo este concepto se subdivide en un sinfín de consecuencias en múltiples niveles que afectan el desarrollo de las mujeres— son perfectas para normalizarla y que, aun teniendo actualmente un despertar de consciencias, la lucha sigue siendo librada ante un gigante que no piensa rendirse fácilmente. Siendo un sector sumamente vulnerado, es lógico que, en tiempos en los que la atención y las principales normas van orientadas a salir de un problema de salud mundial, seamos aún más vulnerables, estemos aún más desprotegidas, seamos un blanco mucho más fácil.

Mi habitación se encuentra en una calle con fondo cerrado en la cual se ubican un pequeño estacionamiento público y un jardín de niños que observo desde mi ventana y desde donde se lleva a cabo un acto terrorista perpetrado por un grupo de niños perfectamente coordinados que disturban la tranquilidad de Fito, mi compañero peludo de 4 patas (ese es un tema a tratar en otro momento debido a la complejidad de los traumas provocados al cuadrúpedo). Antier salimos él y yo a disfrutar de uno de los dos breves y únicos momentos del día en que puede sentir el aire en la cara, montado en sus zapatitos rojos se dirigió a descargar los residuos de croquetas consumidos previamente en la zona habitual. Mientras el recorría y rodeaba los 4 autos estacionados yo veía hacia el inicio de la calle y pensaba lo solitario que todo se veía. En ese momento, dos figuras masculinas tambaleantes giraron hacia el interior de la calle, ambos venían en claro estado de ebriedad, sin cubrebocas, sin guantes y con dos botellas de vino barato en la mano. Yo comenzaba a caminar hacia la zona donde se encuentra la entrada de mi edificio y en ese momento me abordaron; preguntaron algo que fue incomprensible, pues siendo inmigrantes claramente no italófonos pronunciaron algo sin sentido a lo cual simplemente respondí «no pueden estar aquí, retírense por favor». Al instante en que me giraba para retomar mi camino sentí la cercanía de uno de ellos que articuló sin problema un «oye guapa, que hermoso trasero tienes», sumando a su irreverente juicio el contacto de su mano con mi cuerpo en la zona mencionada…

Está de sobra hablar de reacciones o de un diminuto perro histérico ladrando y atacando, sobra hablar de una bien merecida trompada y una patada excelentemente bien colocada en el costado del tipo para defenderme; sobra decir que, afortunadamente para mí un vecino venía llegando e intervino en mi defensa conteniendo la situación, que al escuchar mi grito de inconformidad varias personas reaccionaron rápidamente llamando a las autoridades.

¿Y por qué sobra decir todo esto? Simplemente por que ambos machos nefastos se retiraron tambaleándose tranquilamente sin que nadie pudiera hacer nada. En plena contingencia por el Covid-19, en una ciudad sumamente golpeada, mi grito fue sordo ante una situación denominada «prioritaria», con las calles desiertas y con los policías ayudando en los hospitales. Cuando se supone que el sentido de humanidad está mucho más elevado hay hombres que siguen sintiéndose superiores y con derecho a violar nuestros límites, a imponer su voluntad y a ejercer opresión patriarcal porque así se los permite la sociedad, porque pueden meterle mano a una mujer y largarse caminando como si nada. Los carabinieris llegaron después de 10 minutos a hacer un par de preguntas y hasta el momento, no hay más información.

Mi grito corresponde a una clara situación de violencia machista, de un abuso que infinidad de hombres cometen todos los días, nadie tiene derecho a tocarnos sin nuestro consentimiento, nadie tiene derecho a transgredir nuestro espacio vital o a molestarnos. ¡NADIE!

¿Cuántas mujeres emitirán gritos sordos en esta contingencia por infinidad de motivos? La violencia hacia mi género está disparada, es terrible, TERRIBLE tener que jerarquizar las agresiones que recibimos, que si a mí me fue bien por no pasar de un intento de manoseada, que si es peor que te violen, que te mutilen, que te maten, que te griten, que te den un puño en la cara, que tu pareja iracunda por el encierro te lastime. ¿Cuántas mujeres viven todo este tipo de violencia todos los días, y cuántas nos sumamos en este periodo de contingencia? ¿A cuántas les sucede en el interior de sus casas, obligadas a permanecer en focos violentos por protocolos de erradicación de contagios y a cuántas nos sucede en la calle a plena luz del día? Estamos ya padeciendo de mil formas lo que está sucediendo, mermadas por el encierro, mermadas por tener que salir a trabajar, cada una en una situación distinta y encima tenemos que lidiar con la torcida necesidad de muchos hombres de aventar su tambaleante virilidad.

Estamos hartas de ser violentadas y agredidas, estamos hartas de gritarlo en todas partes y que nadie nos escuche, hartas de los piropos que no les pedimos, hartas de que nos cataloguen por nuestro nivel de belleza estandarizada, hartas de etiquetas, de puños, de contacto físico sin permiso, hartas de no poder caminar tranquilas ni en tiempos de pandemia, hartas de ser agredidas y acosadas por manifestar nuestro descontento, pues cada que nos permitimos emitir nuestro ya ensordecido grito, somos blanco de un sinfín de agresiones, claro ejemplo son las redes sociales donde me ha quedado claro que el machismo y la misoginia no tienen bandera política ni de ningún tipo, somos agredidas por igual, sin distinción por gente de derecha y de izquierda, por hombres y mujeres. Nos llaman putas, perras, mal cogidas, nos amenazan con darnos de puños en la cara, nos amenazan de muerte, nos silencian, nos difaman, nos acosan en grupo, aprovechan la ventaja del anonimato o de no tenernos de frente para explotar su machismo y misoginia.

Mi niña interna pide que escriba estas letras, esa niña interna que habita en toda mujer, que en mi caso es fuerte y aguerrida, pero que representa a todas esas niñas internas rotas, dañadas, sin esperanzas. La violencia hacia la mujer cobra alrededor de 90,000 vidas en el mundo cada año; la pandemia del machismo está arraigada y se niega a ser erradicada, nadie está concentrado en encontrar una vacuna o una cura.

Necesito hacer un llamado a todos los que puedan leerme, que nuestros gritos no queden silenciados en el estruendo de un evento mundial, que la próxima vez nos veamos sumidos en una situación similar  las mujeres tengamos logros en la lucha en contra de la violencia que nos consume todos los días.

Decía la maravillosa Simone de Beauvoir:

» Uno de los beneficios que la opresión ofrece a los opresores es que el más humilde de ellos se siente superior: un pobre blanco del sur de los Estados Unidos tiene el consuelo de decirse que no es un sucio negro. Los blancos más afortunados explotan hábilmente este orgullo. De la misma forma, el más mediocre de los varones se considera frente a las mujeres un semidiós.»

Escúchate, obsérvate e identifícate, hombre.


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